¿De qué nos sirve ser jóvenes si no somos revolucionarios?

El debate sobre la distinción entre el respeto a la autoridad y la obediencia absoluta ha cobrado relevancia en el análisis social contemporáneo. Diversos sectores plantean que, si bien la obediencia es necesaria para la convivencia, existe una diferencia fundamental entre acatar normas y renunciar al pensamiento crítico. Según este enfoque, el respeto debe entenderse como el reconocimiento de la dignidad ajena, lo cual no excluye el derecho a cuestionar decisiones institucionales o de figuras de poder. Históricamente, el papel de la juventud en la transformación social ha sido objeto de estudio. En 1972, durante un discurso en la Universidad de Guadalajara, Salvador Allende afirmó que «ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica», subrayando la tendencia natural de las nuevas generaciones a desafiar el statu quo. No obstante, analistas señalan que, en la actualidad, la capacidad de cuestionamiento se ve a menudo limitada por estructuras jerárquicas que interpretan la inconformidad como inmadurez o falta de respeto. Ejemplos recientes ilustran la capacidad de movilización de las nuevas generaciones. En septiembre de 2025, en Nepal, protestas lideradas por jóvenes de la Generación Z contra la corrupción, el nepotismo y las restricciones a las redes sociales derivaron en una crisis política que culminó con la renuncia del primer ministro. Asimismo, durante 2026, Francia ha sido escenario de movilizaciones estudiantiles en diversas ciudades. La historia también registra precedentes de resistencia juvenil ante regímenes autoritarios. En la República Dominicana, el Movimiento Revolucionario 14 de Junio, encabezado por Manolo Tavárez Justo, desafió la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. De igual manera, el movimiento estudiantil desempeñó un papel relevante en los acontecimientos que llevaron a la Revolución cubana de 1959 contra Fulgencio Batista. El análisis sugiere que la transformación social requiere que las instituciones y las figuras de autoridad adopten una postura más receptiva ante la crítica. Se argumenta que, si las estructuras de poder desacreditan sistemáticamente las demandas de cambio o las confunden con conductas extremistas, se corre el riesgo de fomentar la resignación. En última instancia, el artículo sostiene que una sociedad que impide el cuestionamiento de sus propias estructuras corre el peligro de perpetuar sus errores, trasladando esa inercia a las generaciones futuras.

Article source: El Nuevo Diario | Image credit: El Nuevo Diario

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